-¿Qué ves Sofí? –preguntó una señor de edad adulta, alto, corpulento y de gran barba y bigotes.
-La tierra abuelito -contestó ella-, como juega con el viento, parece divertido. Por cierto abue, ¿podrías contarme de nuevo aquella historia? Esa que tanto me gusta, la que narra como sangró la tierra y se volvió roja.
-Por supuesto mi amor, es una de tus favoritas.
La pequeña y su abuelo se sentaron en el sillón, él dio un sorbo al vaso que traía en la mano, era leche sintética, lo dejó sobre la mesa.
Verás, todo comenzó mucho antes de que yo naciera, en ese entonces la tierra no era así. El suelo era café, ¡como los chocolates! Y el cielo azul ¡como este sillón! Y había unos hermosos árboles, ¡pero no sólo dentro de los domos! Si no en todas partes, en los campos, en las calles, todo al aire libre ¡El verdor rodeaba el mundo! La frescura. En ese tiempo se podía sentir el cariño del viento, no era tóxico, ni se burlaba de nosotros desde afuera del domo. El sol nos quería, lo podíamos sentir por nuestro cuerpo, diciéndonos que estábamos vivos y lo mejor ¡no nos incineraba!. Existían ríos, pero esos no los había hecho el hombre, eran naturales, algunos conservaban sus aguas claras, aunque la mayoría ya estaban contaminados. Podíamos ir al mar ¡y meternos al agua! Y ver los peces, nadar, comer mariscos y pescar, sentíamos la arena en nuestros pies, el aire en nuestros pulmones, ese suave aroma salino del bello e indomable mar.. Era un mundo muy diferente.
Sin embargo, al paso de las generaciones, todo fue cambiando. Los grandes países se discutían lo que llamaban “dominio del mundo”, se hacían llamar potencias y no sabían que la única potencia es la tierra, la madre tierra. Muchos grandes capitalistas peleaban en lo que llamaban “mercados”, “cotizaban en bolsa”, vendían sus acciones, puras representaciones baratas de la destrucción global, y poco a poco se hacían dueños del mundo, del mundo que ellos mismos destruían y dejaban en decadencia, del mundo que no les pertenecía. Algunos luchaban por el petróleo, esa maldita sustancia que llevo el planeta a la ruina. Tomaban los recursos de la tierra y causaban guerras por ellos: el oro, la plata, todo eso que no era suyo y sólo lo robaban. Incluso llegaban a destruir países enteros en nombre de la paz, aunque su motor era el dinero. La “economía” decían ellos. Y el mundo cambió, hubo exceso de automóviles, innovaciones en la luz eléctrica, las comunicaciones, en todo. Las ciudades crecieron y devoraron demoníacamente a los pocos campos que quedaban, entonces todo fue concreto y smog. Las venas de la tierra, los ríos, se contaminaron, se volvieron negros y mortales. Las emanaciones de los carros cubrieron el cielo sumiendo todo en tinieblas. El suelo se llenó de basura. El hombre siguió contaminando, y a pesar de que sabía que todo terminaría mal, no le importó; pero cuando tuvo miedo, cuando quiso poner un alto, ya no pudo. La mayoría de lo animales se habían extinto, los ríos estaban contaminados, el suelo se hundía en podredumbre, el aire nos sofocaba, el cielo era negro, el sol nos odiaba, nos quemaba con su luz.
La madre tierra se había enojado y comenzó a matar todo: árboles, plantas, animales, insectos, todo prefirió llevárselo ella misma, devóralo en sus entrañas, se abrieron grietas y todo fue sepultado: casas, carros, edificios, seres vivientes; luego comenzó a llorar, a llorar por la desdicha que le había causado el hombre, quién convirtió la mujer más hermosa en una pobre desgraciada; y con sus lágrimas llegaron las inundaciones, el sol derritió el hielo y la madre lloró y gimió, arrastrando muchas cosas al abismo de la desolación, ¡ciudades enteras fueron devoradas por los mares!. El viento se enfureció, se volvió firme, implacable, demostró su ira envenenando a cientos a miles de personas. Entonces la tierra empezó a sangrar, ¡del suelo brotó sangre! La tierra mostró sus heridas y dejó salir ese líquido rojo. Y de pronto nos hallamos caminando, pisando, oliendo la sangre de nuestra madre. Caminaba por la calle y mis botas quedaban impregnadas por la roja sustancia.
Entonces todo se hizo insoportable para el hombre así que buscó refugio, inventó cristales y trajes para cubrirse del sol y respirar el aire. Implementó sistemas de distribución de oxígeno para las casas. Desarrolló comidas sintéticas para alimentarse. Y finalmente se encerró en sus nuevas casas para ver como se evaporaba la sangre, dejando el suelo pintado y desértico. Dejando la tierra roja.
Cuando acabó de hablar el abuelo, se fue, parecía haberse puesto triste. Le pasa a menudo cuando cuenta esta historia. Sofía volvió a mirar a la ventana, hacia el exterior.
-Le faltó la lluvia –murmuró-, contarme como se mojaba en ella a mi edad, sin preocuparse en que se le derritiera la piel. Bueno –pensó, mientras con un pequeño suspiro veía al viento jugar con el polvo, sin hacer partícipe de su felicidad al hombre.
El abuelo, cabizbajo, entró en su recámara. Se recostó en la cama y comenzó a rememorar esas bellas tardes en compañía de su padre, en los días en que el mundo no era tan malo. Entonces tomó una foto en la que aparecía con su procreador junto a un árbol... una lágrima brotó de sus ojos y contrastando con su tristeza esbozó una leve sonrisa. Jamás volvería a ver ese mundo, y aún así era bello recordarlo.